El alma se remonta a tiempos pasados, pasados... pero siempre presentes.
Tiempos tranquilos, pero aventureros...
Largas caminatas y amaneceres. El sonido del mar mezclándose con aquellas cuerdas. Y las melodías, suyas, su cuerpo fundido en las multitudes. Es que el fondo se esfuma, los recuerdos siempre se esfuman, pero la melodía es nítida, siempre... vibrante. Son tantos ¿somos tantos? o tan pocos... una conspiración de oscuridades tan llenas de colores, una conspiración de ausencias siempre tan presentes. Gente que nada en mares de concreto, con amaneceres magenta-turquesa y el Sol... el Sol es negro, un hueco donde se hunde el alma. Pero quizás... el pasto blanco y crujiente de la mañana, cruelmente despabile los sentidos, tarareando una melodía suavemente; la mente vuela, viaja... los ojos no son los mismos, las manos y las estrellas, tampoco. El reloj corre, el teléfono suena y suena, pero ya no importa.
El alma remonta como un barrilete, divaga y vuela, lejos... lejos...