Abrir el alma
a veces es necesario
aún cuando antes de hacerlo se percibe un leve crujir en las profundidades de nuestro ser...
Es necesario
para aprender, para entender hasta donde y hasta cuándo seguir luchando, porque si nunca lo hacemos corremos el riesgo de vivir en el miedo, un miedo que nos hace pequeños, solitarios, un miedo que es una trampa, nos aísla y nos obliga a nunca ser lo que queremos ser. Nos vuelve débiles y vulnerables, egoístas y dañinos.
Porque aún cuando el alma se parta en dos, siempre vale la pena abrirla...
porque en la resiliencia el alma se fortalece y en la experiencia se aprende
que luego de lamerse las heridas, luego de liberar y sanar por dentro, volvemos a ser felices
qué luego de aprender a llenarnos de caricias, luego de llorar y llorar hasta derramarnos por completo, luego de toda la tempestad nos volvemos más fuertes, más sabios, más comprensivos, empáticos y amorosos con nosotros mismos, tambien con los demás.
Para poder al fin y al cabo...
volver a abrir el alma...

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