16 agosto 2015
Ya no hay nada.
Ellos se encuentran, se abrazan, se besan, se miran, se respiran, se funden. En su interior ella arde, hay fuego, todo es rojo y naranja. Como la felicidad. En un segundo puede ver frente a ella todo, se decide, lo decide, decide apagar todo ese fuego interior. La quema...
Ve todos sus sentimientos, la hacen estremecer, la extasían, le encantan. Entonces comienza la matanza, los mata, uno a uno. Duelen, la desgarran, la desangran, la inmolan, estallan, agonizan, mueren... Sus lágrimas bajan, ruedan, las odia, pero ya no son nada.
Sigue matando todo, sus sentimientos se niegan, no quieren ceder, pero ella disfruta viéndolos morir. Los miro, los mira, los miran morir. Y ¡Ay si! Cierra los ojos... ¡Al fin! Ya no los siente, los conoce, si, pero después de eso todo es un vestigio de un sentimiento.
Ellos se alejan, se desprenden, se visten. En su interior no queda nada, es un hueco profundo y oscuro. Se ríe, pero no ríe. Lo mira, pero no lo mira. Llora, pero no llora. Escucha, pero ya no importa.
Después de eso. Todo es mentira. Todo es nada. No hay felicidad, no hay tristeza.
Después de eso. Solo esta ella, desnuda. No hay corazas, porque ya no hay nada que proteger, ya no hay nada de que protegerse.
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